Clic clac, clic clac. El ruido de sus tacones sobre el adoquinado la perturba y la fascina al mismo tiempo. Ya hace rato que amaneció en las calles de Bruselas.
Son las 9.10. El sol se despereza y estira sus rayos hasta casi tocarle la punta de la nariz. Clic clac, clic clac. El ruido es hueco, como hueca es la calle desierta. Dónde están los comerciantes? Se trata, claro está, de que es domingo. Sólo el mercado de Puces crecerá y se reproducirá en la Plaza de Jeu de Bal.
El sol es rojo, los adoquines dorados. Clic clac, clic clac. Sus ojos se entrecierran a causa de la luz, sonríen con cansancio, porque se saben incapaces de dormir.
Y eso que tomó dos pastillitas de soñar. Y un poquito de polvo blanco. Y fumó un par de canutos. Y bebió hasta vomitar.
Y sigue caminando, clic clac, clic clac. Bruxelles mon amour, mon insomnie. El camión de la basura chirría con esfuerzo mientras engulle las bolsas de colores que se extienden sobre la acera.
Un pobre diablo en chandal se debate entre espasmos por seguir corriendo y finalmente desiste. Ella lo sobrepasa cuando intenta encontrar el resuello por enésima vez.
Los flics realizan con parsimonia el último test de alcoholemia de la noche. O el primero de la mañana.
Dos árabes vienen del sentido contrario. Ella cuenta en voz baja y tranquila (uno, dos, tres) Ahlan, jamila!
Voilà, los chicos son previsibles. No hay porqué sorprenderse. Tampoco que asustarse, cuando ya ha vuelto el día.
Clic clac, clic clac. Cruza el puente sobre la calle Gray. Las vías solitarias brillan con furia, afiladas, como inmensos monstruos de hierro. Cada tejado rojo y puntiagudo la saluda. Cada edificio de cristal refleja el azul límpido e improbable de este cielo que no es de aquí. Las grúas mastodónticas invaden y ensucian un poco la estampa. Una gaviota chilla inclemente. Una ventana se abre para decir bonjour al nuevo día.
Bruselas se despierta en la mañana dominical.
Son sólo las 9.30 y hace mil años que dejó Matongé.