Seamos sinceros, desde el Bel Ami de Maupassant hasta Peter Fallow en la Hoguera de las Vanidades, todos los periodistas que han llegado lejos en la historia de la literatura(y ésta suele reflejar de forma bastante fidedigna la realidad) mantienen una conducta inmoral y desvergonzada. Son invariablemente mentirosos, ladinos, arrogantes... el paradigma del cinismo, vaya.
Así pues, mientras en la facultad nos abruman con la idea de la honestidad y rigurosidad como elementos indispensables para hacer buen periodismo, en mi cabeza va formándose una imagen nítida de mi futuro a medio plazo. Gracias a toda esa honradez, me veo de panoli chupatintas redactando obituarios o prediciendo el horóscopo en un periódico regional hasta el fin de los días.
No se trata de que mi actitud haya cambiado a causa de las opiniones de los profesores, no. Se trata de que para bien o para mal, vengo así de fábrica. No sé mentir y no tengo lo que coloquialmente se conoce como 'morro'. Si acaso, soy de esas de las que se dice 'es que de buena, es tonta'. Esto no va de echarse flores: más que virtud, lo considero un lastre.
En éstas, me encuentro releyendo al señor Kapuscinski, cuando choco con una observación muy muy interesante. Dice así: "Creo que para ejercer el periodismo, hay que ser un buen hombre o una buena mujer". Si se es una buena persona, explica, se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades y sus tragedias. Si sentimos un interés sincero por la historia que intentamos comprender, la gente se abrirá a nosotros y nos hablará. Tan sólo mediante esa empatía podremos obtener del otro la información que necesitamos.
El tío va y dice que 'los cínicos no sirven para este oficio'. Quizá sólo sean chocheos de un viejo periodista con una visión desfasada del mundo, pero no puedo evitarlo: de repente creo ciegamente en Kapuscinki. Sus palabras me dan esperanzas, me hacen sonreír.
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